El ancla: aplicando mindfulness en la vida cotidiana

Mindfulness nos conecta con la experiencia directa de vivir. Elegimos vivir conscientes y nos entrenamos pacientemente, con una atención amable, compasiva y sin juicio, momento a momento. Utilizamos prácticas formales de meditación y prácticas informales con las que vamos llevando mindfulness a toda nuestra vida cotidiana. 

En las formaciones de Mindfulness, entrenamos una práctica de meditación formal, que consiste en dirigir la mente hacia distintos focos de atención, explorando con curiosidad, sensaciones del cuerpo, sensaciones de la respiración, sonidos. Vamos poco a poco desde ese primer contacto con la postura, moviendo la atención para explorar y conectar con la experiencia en cada foco de atención. El objetivo es localizar un lugar en el que recoger la atención. Este lugar al que podemos llamar ancla o refugio, tiene que tener, unas características concretas: tiene que ser accesible, fácil de identificar, no tiene que tener sensaciones muy intensas, más bien neutras y tiene que estar muy disponible para ti en cualquier momento. 

Esta meditación de varios focos que llamamos coloquialmente, la práctica del ancla, no es una práctica menor, de hecho, yo personalmente, le doy mucha importancia. En la formación de 8 semanas MBSR, empezamos desde la segunda semana a explorarla. Y como todo en mindfulness, no basta con saberlo cognitivamente, hace falta entrenarlo, practicarlo. 

Una vez que tienes bien identificada tu ancla, es algo que puedes utilizar en cualquier práctica de meditación para estabilizarte, o en cualquier momento de tu vida cotidiana. El ancla de tu atención se puede convertir en un refugio cuando tu mente se quede atrapada en pensamientos o emociones difíciles de manejar, puede darte la pausa y espacio que necesites para tomar una decisión más sabia que te cuide, cualquiera que sea la situación que estas afrontando.

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