El no hacer que puede cambiarnos la forma de vivir: mindfulness con género

Recién terminado un fin de semana dedicado al silencio y la práctica de mindfulness, me siento a escribir algunas reflexiones que te comparto. Ha sido un fin de semana en el que un grupo de personas tomamos la decisión de simplemente dedicarnos un par de días a estar con nosotras mismas. No es una tarea fácil hacer esto en el mundo en el que vivimos, especialmente para nosotras las mujeres siempre dispuestas a anteponer los deseos y necesidades de nuestras familias. Requiere valentía y grandes dosis de escucha a esa vocecilla que se mueve en el interior y que es tan fácil acallar.

Si nos preguntasen, ¿qué habéis hecho? Pensarán que no hemos hecho nada: no hemos cocinado, no hemos conversado, no hemos visto la televisión, no hemos tenido ratos de lectura, no hemos escuchado música, no hemos hecho excursiones ni hemos salido a tomar algo… Como ves, no hemos hecho nada de lo que es habitual hacer. Así que podríamos decir que simplemente ha sido un no hacer nada, para sentir y sentirnos. Un no hacer, para retomar el contacto de manera íntima con nosotras/os mismas/os. Para familiarizarnos con nuestra mente pensante, para aprender a no identificarnos con ella, para calmarla y calmarnos, para encontrar equilibrio y paz, para no reaccionar e incrementar nuestra capacidad de sostener lo que la experiencia del momento nos trae y ser más capaces de dar una respuesta, si es necesaria, que nos cuide y nos nutra. 

Sí hemos practicado meditación tal y como nos la propone Mindfulness. Esa manera especial de sentarnos y reconocernos. Hemos sentido el cuerpo en reposo, sentado y tumbado, hemos sentido el cuerpo en movimiento, con movimientos guiados, hemos sentido el cuerpo al caminar lento y al pasear un poco más deprisa. Hemos sentido como el cuerpo recibe el alimento que con tanto cariño nos han preparado. Hemos sentido como tenemos esa capacidad de sentir y maravillarnos con cosas sencillas y a la vez milagrosas: un amanecer, la contemplación de la luna, llena y misteriosa. La escarcha en los campos por la mañana. Los conejos en sus madrigueras, el agua del río corriendo sin cesar, los árboles desnudos y las rocas con su manto de musgo. La vida milagrosa desplegada en su sencillez, esperando nuestra mirada atenta, nuestra presencia, nuestra conexión.

Al finalizar, y retomar la comunicación,  estas son las palabras que quedaron resonando en el ambiente: camino, comienzo, equilibrio, paz, claridad, calma, aceptación, confianza… 

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