Mindfulness contra el perfeccionismo: mindfulness con género

Mindfulness con género: tan solo en calma, nada que hacer

El perfeccionismo tiene rostro de mujer, ya sé que no es exclusivo de las mujeres, pero tiene un claro sesgo de género. Lo digo por propia experiencia y por lo que veo y escucho en los talleres que imparto. 

Creer que tenemos que ser perfectas de alguna manera, es una creencia limitante que nos patrocina la sociedad por nuestra condición de mujeres. Es una creencia que nos hace ver la realidad desde esta auto-exigencia y esta forma de ver la realidad, nos hace comportarnos de ciertas maneras y con ello, generamos patrones de conducta que acaban por reforzar las creencias limitantes. Así caminamos dando vueltas una y otra vez a este círculo vicioso que tenemos que interrumpir por algún lado con Atención plena, con mindfulness. 

A las mujeres se nos exige un plus…de alguna manera penetramos en terrenos que no nos estaban asignados según el mandato patriarcal. Quisimos trabajar, ser mujeres políticas, conducir, tener una vida propia, tomar decisiones por nosotras mismas…. Durante una época se nos prohibieron ciertas cosas, luego solo estaban mal vistas y finalmente se introdujo una forma de control, más sutil, más difícil de detectar, se nos ayudó a creer que teníamos que ser perfectas. Perfectas en nuestro rol tradicional (madres, esposas, amantes, amigas, cuidadoras, amables, amorosas…. y perfectas en nuestros roles “apropiados”) El perfeccionismo es fuente de gran sufrimiento, es esa sensación permanente de no estar dando la talla, de no estar haciéndolo bien, o de que alguien se dará cuenta de que no vales lo suficiente (ojo! con el síndrome de la impostora). Todo esto pesa demasiado. Es una losa sobre nuestros hombros que cargamos seas la mujer que seas. Mindfulness nos ayuda a vernos con una mirada amable y compasiva. Mindfulness nos invita a tratarnos con cariño, nos invita a no exigirnos demasiado y nos propone simplemente permanecer atentas y presentes con nuestras mejores intenciones. La mayoría de las veces no necesitamos esa exigencia que nos agota y nos hace querer abarcarlo todo. Mindfulness y sus prácticas formales inciden especialmente en ese, nada que conseguir. Recientemente practicando una meditación formal caminando, en la que no hay ninguna meta, ni ningún lugar al que llegar, tan solo, ser consciente de que se da un paso y luego otro, una participante, comentó que sin darse cuenta, o sea, activándose el piloto automático, se marcó  el querer llegar a un lugar concreto para pisar un zona arenosa. Entonces notó como inmediatamente se le aceleró el corazón, se le agitó la respiración, intentó caminar más deprisa y perdía más y más el equilibrio, así dio unos cuantos pasos hasta que se dio cuenta (mindfulness) y pudo parar, hacer una pausa para darse cuenta de lo que estaba pasando, darse cuenta de que era una meta auto impuesta, que no tenía por qué llegar a ese otro terreno y que si lo hacía estaría bien y si no, también estaría bien. Luego, al comentarlo en el aula, localizó el perfeccionismo, la auto-exigencia, también en su propia vida y se dio cuenta de lo agotada que la hacía sentir. Pudo conectar con esa necesidad auto -impuesta y patrocinada por la sociedad de marcarse metas que conseguir, de llegar más y más allá, cuando todo lo que necesitamos está ya, aquí y ahora. La práctica del mindfulness con perspectiva de género, rompe el perfeccionismo, nos ayuda a las mujeres y también a los hombres a darnos cuenta de las manipulaciones sutiles a las que estamos expuestas. Nos abre los ojos y nos da serenidad y calma para poder tomar mejores decisiones en nuestra vida.

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