No medites tanto… mindfulness con género

Hace unos días estaba realizando mi práctica de meditación en mi habitación.

Al lado de la cama tengo un zafutón y un banquito. El zafutón es como un cojín amplio más o menos mullido sobre el que colocas tu cojín de meditación o zafú o tu banquito.  No necesito mucho espacio y al principio meditaba en un silla, y a veces, lo sigo haciendo. Me gusta sentarme cada día durante un tiempo que oscila entre los 30 y los 45 minutos, pongo el móvil en silencio y activo el temporizador para despreocuparme y centrarme en mi mente corazón y en mi cuerpo.  Muchas veces noto la resistencia porque tengo otras cosas que hacer, o quiero hacer otras cosas supuestamente más cómodas, ver la tele tumbada en el sofá, leer y si es por la mañana, quedarme un rato más en la cama.

El caso es que hace unos días yo estaba sentada practicando y sonó mi teléfono móvil, suelo dejarlo en silencio, pero esa vez no lo estaba y sonaba. Yo lo escuchaba. Cuando practicamos no nos aislamos de la experiencia, sino que nos damos cuenta de la experiencia tal y como es en cada momento. Así que sonó hasta que se apagó. Cuando terminé mi práctica fui a ver quién me había llamado y devolví la llamada. Era un buen amigo. Cuando le conté que estaba meditando, y él sabe lo que hago y a lo que me dedico, me dijo: “¡no medites tanto, Belén! Hay que estar más en el mundo real”

En ese momento no le repliqué mucho, cambiamos de tema y hablamos de otras cosas. Pero me quedé con ganas de explicar por qué medito y por qué meditar, porque practicar y vivir mindfulness no me aleja del mundo real, sino que me conecta mucho más con él.

Mindfulness no es nada exotérico, me lo has oído en los cursos, pero lo repito. Es acceder a una capacidad innata de estar presentes de manera intencionada con la experiencia que estás teniendo tal y como es, es decir, sin juicio.

Al meditar conoces cada vez mejor cómo funciona tu mente. Lo que anhela, lo que la disgusta, lo que la pone furiosa, lo que la avergüenza, lo que añora, lo que desea, lo que no quiere y tiene, y lo que le gustaría tener. Conoces también cómo se aburre, cuando quiere estar haciendo justo lo contrario de lo que haces, como se las arregla para tenderte trampas… Pero esto que te cuento, que es algo que va sucediendo con la práctica de meditación, con la práctica de la atención plena, con mindfulness, no es algo solitario, que te aisla del mundo. Al menos no lo es para mi, y tampoco es así como me lo han transmitido mis maestras y maestros. Mindfulness nos pone en relación, somos conscientes del estrés y el sufrimiento que puede haber en las relaciones interpersonales. Yo me doy cuenta de con quién me llevo mejor o con quién me resulta más incómodo estar. Y desde esa consciencia puedo trabajar esa relación en la práctica de meditación. Yo practico Vipassana que se traduce como la visión clara de las cosas. Esta es la práctica que subyace a los cursos de mindfulness que imparto. Y esa visión clara es ver también cómo me relaciono con mi mente – corazón y cómo me relaciono con las personas que me rodean en el trabajo, amistades, familia, vecinas/os…

Somos seres sociales, desde que nacemos estamos en relación con, bueno, incluso nos gestamos dentro de otro ser. Meditar me hace más consciente de todo esto, y desde ahí, puedo tomar decisiones conscientes para ser más amable y compasiva en mis relaciones. Puedo elegir relacionarme desde la bondad y no desde el interés, puedo ser más paciente y comprensiva, puedo equivocarme, darme cuenta y pedir perdón. En definitiva, medito porque me hace más feliz y me llevo mejor conmigo misma y con los demás.

Sorry, the comment form is closed at this time.