Trabajando con la Ira: mindfulness con género

Hacía tiempo que no me encontraba cara a cara con esta vieja amiga. Hacía tiempo que no me sentía vapuleada, sometida, enganchada de cuerpo y mente a esta emoción tan desagradable. Sí, soy profesora de Mindfulness y enseño el programa MBSR para la reducción de estrés. Y sí, siento todas las emociones y a veces como voy a contarte me arrastran vertiginosamente a ese pozo oscuro del que cuesta salir. 

Me gusta escribir sobre la aplicación práctica de Mindfulness en la vida cotidiana. Cuando nos acercamos a cursos de mindfulness, buscamos o al menos yo lo hago, que me ayuden a vivir mejor, con más calma, con más aceptación. Pues bien, parte del trabajo consiste en vivir tu vida, tal cual es, estando presente en la experiencia tal y como es momento a momento.

Hasta aquí, genial.  Una de las cosas más comunes, a mi me pasa, es darme cuenta de que salta el piloto automático. A veces lo detecto antes y otras veces tardo más y paso parte del día de “cuerpo presente” y nada más. También ocurre que te haces más consciente de todo, también de lo desagradable. Con mindfulness y especialmente con el programa MBSR aprendemos a trabajar con eso que es desagradable para poderlo gestionar de una manera satisfactoria. 

La semana pasada me costó mucho conseguirlo. Las cosas no estaban saliendo como yo había planeado así que de repente, delante de mi ordenador, empecé a sentir enfado. Al principio era un enfado digamos suave, manejable, sentía una sensación extraña en la boca del estómago, hice unas respiraciones conscientes, me calmé, cerré el ordenador y cogí un libro para leer. Al poco rato me di cuenta de que no estaba leyendo, mis ojos recorrían las letras, las frases de izquierda a derecha, pero yo no estaba ahí, mi consciencia no estaba ahí. Estaba empezando a ser capturada por ese enfado cada vez más grande, más poderoso. Ahora me asaltaban los pensamientos, pensamientos densos, lanzando sus flechas hacia mi misma por no haber hecho lo “suficiente, otra vez de nuevo el dichoso perfeccionismo tan patrocinado por nuestra sociedad especialmente a nosotras las mujeres; flechas hacia las demás personas implicadas, por no haber hecho “lo suficiente”; flechas envenenadas hacia el mundo, ya sin saber muy bien por qué. 

Hacía tiempo que no me sentía así, hacía tiempo que no era consciente de sentir tanta ira. Esos pensamientos ya en bucle, centrifugando en mi cabeza, vapuleando a mi corazón, eran destructivos, no había nada en ellos que pudiera aliviarme. Era como buscar razones que justificaran mi enfado, encontrar culpables, ¡cómo le gusta al enfado encontrar culpables! Me sentía físicamente agotada, incapaz de centrarme en nada, en caída libre sin frenos, sin volante, sin rumbo, o mejor dicho, con el único rumbo de hacerme daño a mi misma. 

Tarde bastante, pero al final lo conseguí, acepté todo lo que estaba pasando, y empecé a aplicar mindfulness a ello. Dejé de buscar razones, culpables, responsables. Dejé de querer no sentir lo que sentía, así que abracé mi ira, desde la humildad, porque también me sentía enfadada por estar enfadada, seguro que tú me entiendes. Dejé todo, cerré los ojos y conecté con todas esas sensaciones desagradables, ese sentir el cuerpo hirviendo con un calor capaz de quemar todo a su alrededor. Sentí toda la musculatura en tensión, la espalda, los brazos, el cuello. Poco a poco, empecé a encontrar calma, calma corporal y también en la mente. Respiré consciente, confiando en que mi cuerpo sabe respirar y yo solo tenía que estar presente en cada respiración. Y el enfado pasó, sí, pasó lentamente sin razonamientos, solo permitiéndome estar presente. Después pensé que había sido una magnífica oportunidad de aprendizaje, lo que ocurre, es que soy un ser humano y ya sabes que es muy fácil tropezar dos y doscientas veces con la misma piedra. 

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