Lo que aprendo de la vida estableciendo mindfulness

Yo antes iba por la vida sabiéndolo todo, o al menos, eso creía. Era una creencia muy fuerte que como todas las creencias, acaba formando parte de la personalidad.

Creía que era muy fuerte, bastante inteligente, muy capaz, muy responsable. Todo esto y otras muchas cosas más construyeron una cárcel en la que viví muchos años. No es que haya nada malo en ello, de hecho, incluso diríamos: ¡vaya, menuda autoestima!

Lo que ocurre cuando vives de esta manera, sean las que sean tus creencias, lo que sucede en realidad es que dejas de vivir para sobrevivir. Y cuando estás en modo supervivencia, todo es susceptible de hacerte daño. Así que esa personalidad que crees que te define, empieza a resquebrajarse.

Pero el acento lo quiero poner en esa personalidad dura, definida, inmutable que a veces, muchas veces creemos sobre nosotras/os y que nos encarcela. Son esos pensamientos que llevan mucha carga emocional y que dicen algo así como: “Yo soy así, no puedo cambiar” o “Yo no puedo, soy incapaz” o “yo siempre…”

A lo mejor los pensamientos que rondan por tu cabeza no llevan esa idea de perfección, pero pueden ser igual de estáticos y duros.

Lo que aprendo de la vida desde que conocí, aprendí y practiqué mindfulness es que nada me define, nada me concreta, nada de lo que sea o haga es “para siempre”. Desde esta nueva creencia o en realidad certeza, la cárcel de la personalidad se desmorona y lo que encontramos es bosques, a veces con amplios prados, a veces con espesura. A veces fáciles de atravesar, otras veces, no.

El cambio, la impermanencia me hacen más libre. Navegar en la incertidumbre, mecerme en las olas del mar de la vida, es algo que he aprendido y que continúo aprendiendo.

Cuando te estableces en mindfulness, en esa presencia amable ante la vida, lo que cultivas no es una determinada personalidad, no cultivamos la rigidez, lo que cultivamos es actitudes que invitan a la curiosidad en vez del “ya me lo sé”; a la paciencia, en vez de “lo quiero para ya mismo”; la aceptación, en vez de la negación de la experiencia externa e interna; el interés en la vida misma, más que en conseguir “ser alguien” “llegar a algo”

Lo que aprendo de la vida estableciendo mindfulness es a vivir no a sobrevivir.

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