Aún no se lo he dicho a mi jardín

Aún no se lo he dicho a mi jardín, es el título del último libro de la escritora italiana Pia Pera. Pia falleció hace unos años a causa de una enfermedad degenerativa que la hizo ser consciente de todo hasta el final. 

Su lectura me ha conmovido emocionado y alegrado a partes iguales. Ha sido una lectura reposada, de esas que quieres saborear, paladear y cuyas palabras se impregnan en la mente y en el corazón mientras levantas la vista del libro y haces una pausa para mirar hacia la montaña, el jardín, la ventana. No es un libro de mindfulness o quizás sí, de lo que estoy segura y por eso lo comparto, es que es un libro sobre la vida y la plena consciencia. Su autora está enferma y sin embargo su obra tiene una vitalidad arrolladora. Nos habla de su jardín, un jardín en un pueblo de la Toscana que a día de hoy puede ser visitado. Un jardín que fue su vida, su ilusión y por el que daba paseos, primeo sana, luego con bastón y finalmente en silla de ruedas. Y mientras nos habla y enseña su casa, su jardín, sus amistades, comparte su vivencia de la enfermedad, los tratamientos, las reflexiones sobre la muerte, sobre el cambio. También nos habla sin vergüenza sin tapujos y con humildad de sus contradicciones, de la soberbia de la vida y las opiniones cuando gozamos de salud, de juventud. Es tan humano lo que escribe, está tan lleno de presencia, de naturaleza, de humanidad compartida. Este es uno de los numerosos poemas recogidos de sus autores preferidos que salpican su obra.

“No hay vida

Que al menos por un instante 

No haya sido inmortal

La muerte 

Siempre llega con ese instante de retraso

En vano golpea la aldaba

De una puerta invisible.

A nadie podrá arrebatarle

El tiempo ya vivido.”

El tiempo vivido plenamente. A Pia contemplar el jardín le ayuda a reconocer–Se en el cambio, en lo impermanente, en lo inevitable que queremos dejar siempre para después. Y, sin embargo, es tan vital. El jardín, la naturaleza, la sencillez de las plantas la ayudan a asumir, a aceptar lo inevitable incluso con sentido del humor. “Lo bonito de esta enfermedad, y caigo en la cuenta mientras leo un libro sobre los musgos en los jardines japoneses, es que me obliga a hacer lo que no me atrevía, pero deseo: quedarme donde estoy.” La enfermedad la obliga a la quietud, a la calma, se acabaron las prisas, el hacer y el conseguir, poco a poco aprende a contemplar, a sentir, a simplemente ser. 

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